Galileo vs. The World



En una de esas polémicas ridículas pero irresistibles que surgen en twitter el rapero estadounidnse B. o B. inició una cruzada para demostrar que la tierra es plana, convencido de  que la Humanidad está siendo engañada desde hace siglos. Posteando fotografías en sus redes en las que pregunta por qué no se ve la curvatura en el lejano horizonte, e incluso componiendo una canción sobre su teoría, buscó refutar las respuestas de científicos y astronautas. Nombres ilustres como el divulgador Neil DeGrasser Tyson y Buzz Aldrin, el segundo hombre que pisó la luna, se encargaron de refutar al artista de hip-hop con sólidos argumentos. Un convencido B.o.B sostuvo su convicción diciendo “Es normal que la gente busque desmoralizarte cuando sabe que tienen algo que ocultar”. Esta misma frase pudo haber sido pronunciada por Galileo Galilei hace 400 años, aunque en su caso la situación era exactamente la contraria.

Quien hoy es considerado “padre de la ciencia moderna”  había sorprendido a toda Europa con sus teorías nacidas de sus observaciones por el novedoso invento del telescopio. La certeza de que la Tierra se mueve alrededor del Sol y el descubrimiento de las manchas solares son algunos de los aportes de este genio del Renacimiento. Si su apoyo a las ideas de Nicolás Copérnico, primer pensador que cuestionó la centralidad de nuestro planeta en el cosmos, ya lo hicieron un personaje controvertido, la  popularización de sus ideas lo transformaron en el enemigo número 1 de los sectores más conservadores de la Iglesia Católica. Contando con la protección de Cosme II de Medici durante años, el genio nacido en Pisa había podido desarrollar sus ideas con relativa libertad, impresionando al Colegio de Roma y a científicos tanto religiosos como seculares. Pero al fallecer su mecenas Galileo quedó solo ante el Poder, ya que el resto de la familia Medici era muy devota. El Vaticano no tardó en iniciarle un proceso que se transformó en un símbolo de los enfrentamientos entre Razón y Religión.

Todo culminó el 30 de abril de 1633 cuando el científico nacido en Pisa, bajo amenaza de ser torturado, fue forzado a afirmar que sus ideas eran erradas en un acto de alta auto-humillación. El texto – escrito por un hombre de ciencia de 70 años con problemas de salud - concluía que con el corazón sincero y fe no fingida, abjuro, maldigo y detesto los mencionados errores y herejías y, en general, de todos y cada uno de los otros errores, herejías y sectas contrarias a la Santa Iglesia”. Al poco tiempo su abjuración circuló por toda Europa y leerla actualmente genera una inevitable impotencia. Es muy difícil imaginar los sentimientos del físico italiano al momento de tener que renunciar a los frutos de tantos años de investigación, aunque el alemán Bertolt Brecht supo plasmar con agudeza el episodio en “Vida de Galileo”, una de sus obras más emblemáticas.

En su libro “Fe y Ciencia” el teólogo Manuel Trevijano afirma muy protocolarmente que “Si los inquisidores hubiesen considerado la teoría heliocéntrica como una nueva sentencia a estudiar, y no hubieran visto en Galileo a un adversario que había que condenar forzosamente, hubiesen ahorrado muchos dolores de cabeza a los apologetas posteriores”. Lo cierto es que estos últimos, encargados de defender los dogmas del cristianismo, lograron retrasar las disculpas de la Santa Sede  durante siglos. En 1979 Juan Pablo II ordenó la creación de una comisión especial para revisar aquella polémica del siglo XVII, la cual recién llegará a conclusiones definitivas en 1992.  Así fue como 359 años después de los sucesos originales Galileo Galiei fue reconocido públicamente, retirándolo de la categoría de hereje en la que estaba catalogado. De todas maneras las críticas a la Iglesia por su accionar en proceso y las consecuencias que esto trajo para el desarrollo científico aún continúan.

La Tierra no es plana, ni tampoco es el centro del universo. Está en movimiento (“Eppur si muove” se dice que comentó en voz baja Galileo luego de su sentencia para señalar que nuestro planeta seguía moviéndose más allá de la opinión eclesiástica) como lo está el conocimiento científico. De hecho hoy sabemos que ni siquiera el Sol es el centro del universo y que nuestro sistema es escandalosamente pequeño frente a una vastedad cósmica que la astronomía revela como infinita. Quizás una mayor consciencia de esa pequeñez ayudaría tanto a cardenales romanos como a raperos estadounidenses a aceptar los hechos con algo de modestia, esa virtud tan olvidada en la actualidad.  

La cuna de García Lorca



Ocurrió en una tradicional librería porteña. Un prestigioso traductor especializado en Borges cuyo nombre no podemos develar (Rolando Costa Picazo) citó, al ver un carísimo ejemplar con la obra completa anotada de Federico García Lorca, la famosa frase que el autor de "Ficciones" dijo sobre el escritor granadino: "García Lorca es un andaluz profesional". Luego de retirarse el traductor del local un cliente que escuchó la charla y lucía una bandera española en la solapa - uno de esos individuos que en España denominan falangistas - señaló: "¿Este es un pelotudo solemne, no?".

La anécdota, además de ilustrar la variedad de personajes que se entremezclan en una librería, ejemplifica cómo dividió opiniones la popularidad del autor de “Bodas de sangre” durante su visita a Buenos Aires en 1933; un viaje que iba a ser de solo una semana y terminó extendiéndose a seis meses. Él se ocupó de remarcar más adelante que aquellos días estuvieron entre los mejores de su vida. Sin embargo algunos jóvenes de letras locales, por ese entonces militantes de diversas vanguardias como el ultraísmo, no dudaron en desconfiar de ese carismático poeta y dramaturgo que venía del otro lado del Atlántico a difundir exóticas tradiciones sevillanas. 

Sin embargo también hubo contemporáneos como Silvina Ocampo, quien desde el círculo de la Revista Sur gestionó la publicación de “Romancero Gitano”, que admiraban profundamente al escritor que había compartido su juventud universitaria con Salvador Dalí y Luis Buñuel. Apenas dos años después de su exitoso periplo argentino el buen Federico fue fusilado por tropas franquistas en algún lugar cercano a la localidad de Alcafar, Granada, junto a otros “socialistas y masones”. Tenía sólo 38 años. A pesar de varias excavaciones realizadas en la zona en los últimos años sus restos nunca fueron encontrados.   

Otra persona que nunca ocultó su devoción hacia el escritor español fue Leonard Cohen. El canadiense no solo recitó sus poemas y lo reconoció como influencia en numerosas oportunidades, si no que nombró Lorca a su hija nacida en 1974. Cuando a mediados de los 80’ visitó Andalucía era consciente de que su ídolo na tenía un lugar físico de descanso, por lo que decidió visitar la casa natal del poeta asesinado y retratarse junto a la que alguna vez fue su cuna. ¿Qué mejor lugar para homenajear a alguien que aquel donde soltó sus primeras lágrimas y risas al comenzar a vivir? La foto es un testimonio de vida que hace trizas los balazos de cualquier pelotón.   

"Pequeño vals vienés" de García Lorca inspiró a Leonard Cohen para "Take this Waltz"



En Viena hay diez muchachas, 

un hombro donde solloza la muerte               
y un bosque de palomas disecadas. 
Hay un fragmento de la mañana 
en el museo de la escarcha. 
Hay un salón con mil ventanas. 
¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals con la boca cerrada. 

Este vals, este vals, este vals, 
de sí, de muerte y de coñac 
que moja su cola en el mar. 



Te quiero, te quiero, te quiero, 
con la butaca y el libro muerto, 
por el melancólico pasillo, 
en el oscuro desván del lirio, 
en nuestra cama de la luna 
y en la danza que sueña la tortuga. 
¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals de quebrada cintura.

En Viena hay cuatro espejos donde juegan tu boca y los ecos. 
Hay una muerte para piano 
que pinta de azul a los muchachos. 
Hay mendigos por los tejados. 
Hay frescas guirnaldas de llanto. 
¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals que se muere en mis brazos. 

Porque te quiero, te quiero, amor mío, 
en el desván donde juegan los niños, 
soñando viejas luces de Hungría 
por los rumores de la tarde tibia, 
viendo ovejas y lirios de nieve 
por el silencio oscuro de tu frente. 
¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals del "Te quiero siempre". 

En Viena bailaré contigo 
con un disfraz que tenga 
cabeza de río. 
¡Mira qué orilla tengo de jacintos! 
Dejaré mi boca entre tus piernas, 
mi alma en fotografías y azucenas, 
y en las ondas oscuras de tu andar 
quiero, amor mío, amor mío, dejar, 
violín y sepulcro, las cintas del vals.


Historia resumida de la persecución del ocio:

En Argentina la palabra “fiaca” es de uso común para designar ese desgano que invade a ciertas personas y las empuja a no querer realizar ningún tipo de esfuerzo. Se trata de un  término lunfardo derivado del italiano de origen genovés "fiacca" que significa pereza, falta de motivación. La famosa película de Fernando Ayala estrenada en 1969, con Norman Briski como protagonista, se ocupó de popularizar la palabra y de dejar en claro las consecuencias negativas – tanto sociales como laborales – de entregarse a la saludable vagancia.


La demonización del ocio en nuestra cultura tiene una historia larga y explica mucho del stress y de la presión que siente la clase trabajadora contemporánea. Con la ayuda de Karl Marx, Byung-Chul Han y el Gran Lebowski este video intenta polemizar al respecto sobre este tema que nos afecta a todos: 

¿Cómo se produjo la muerte de la vagancia?: 


Hermann Hesse, el primer orientalista



















A diferencia de otros países europeos - como España, Inglaterra y Francia – los intentos coloniales de Alemania fueron limitados fuera de su continente. Sus principales ocupaciones estuvieron en África (Togo, Camerún y las actuales Namibia y Tanzania), más una serie de territorios en los archipiélagos del Océano Pacífico anexados luego de la guerra franco-prusiana. Ese periodo colonial se extendió entre 1871 y 1918, cuando luego de la derrota en la Primera Guerra Mundial los germanos perdieron todas sus conquistas de ultramar. Por supuesto que, dentro de Europa, la historia es otra, ya que Alemania se mostró siempre belicosa con los países limítrofes. Esto se materializó de la manera más monstruosa con la llegada de Adolf Hitler al poder.

Es probable que esa lejanía con el resto del mundo, sumado a cierto espíritu hermético heredado de los antiguos pueblos bávaros de la Selva Negra, hiciera que los alemanes miraran las tierras lejanas con una inocultable idealización. Esto puede explicar la fascinación de muchos de sus intelectuales con el Lejano Oriente. Aún hoy la más respetada traducción del “I Ching” (Libros de las mutaciones) es la que hizo el misionero Richard Wilhelm en la década del 20’, mientras que su compatriota Alfred Doeblin, médico y escritor, fue pionero en difundir el pensamiento de Confucio en Occidente. Un extraño link entre el duro espíritu teutón y la búsqueda trascendental del budismo se tejió hace un siglo y aún tiene consecuencias.

En ese entorno Hermann Hesse, uno de los escritores más populares del siglo XX, también se sintió atraído por la filosofía oriental. Sus abuelos habían sido misioneros en Asia y al crecer recorrió la India, Sri Lanka, Indonesia, Sumatra y Borneo para satisfacer su curiosidad. Mientras tant el autor de “El lobo estepario” ganaba reconocimiento en el mundo germano-parlante, sobre todo durante el periodo de entre- guerras. Para el resto del mundo era casi un desconocido, por lo que pocos advirtieron que su narrativa estaba influencia por la tradición hindú. Ni siquiera al ganar el Premio Nobel de literatura en 1946 el autor logró una popularidad sostenida fuera de su país natal.

Todo cambió en la década del 60’, cuando los jóvenes empezaron a romper de una manera más radical con los valores de la generación que los precedía. La contracultura – y el hipismo en particular – vieron en libros como “Demian” y “Siddartha” relatos iniciáticos de autodescubrimiento, considerando a la obra del escritor alemán como una lectura obligatoria. Los editores se hicieron eco de esto y en poco tiempo todos sus libros fueron traducidos a multitud de lenguas, causando una verdadera ‘hessemanía’ que se estiró varias décadas. No es casual que esa generación contestataria, que manifestaba un fuerte interés por las filosofías orientales, se sintiera atrapada por esos personajes que abandonan su pueblo o familia para buscar su lugar en el mundo, en un peregrinaje que siempre los llevó a descubrir que su destino había estado al alcance de su mano sin que lo sospecharan. Este esquema está presente en las novelas citadas, pero también en estupendos relatos cortos como “El estrecho sendero” y “Cuento”. Hermann Hesse no llegó a conocer esta efervescencia alrededor de su figura entre los muchachos pelilargos y las chicas que hacían topless en Woodstock, ya que falleció en 1962.

Pero Oriente en las obras del autor no responde a esa mirada occidental que le atribuye propiedades mágicas a una cultura que desconoce. Se trata más que nada de un lugar metafórico que representa una búsqueda interna antes que un espacio geográfico.  El ejemplo más cabal es la nouvelle “Viaje a Oriente”, donde un misterioso Círculo de personajes se reúne para realizar no menos misteriosas actividades. Una de ellas es emprender un simbólico ‘viaje’ al este de Asia que es solo una excusa para que los protagonistas recorran sitios extraños con curiosos nombres, los cuales representan distinta formas de buscar la Verdad. En esta historia es el lector quien decide si se queda con el relato lineal de un viaje concreto  a tierras exóticas (género de moda a principios del siglo XX) o se adentra en la alegoría espiritual propuesta por el escritor, mucho más rica y sutil.

“Alemania corrompe todo lo que toca” dijo alguna vez Friedrich Nietzsche, echando por tierra su supuesto nacionalismo exacerbado. Y los hechos bélico-políticos de la última centuria  parecieran darle la razón. Sin embargo fue un grupo de escritores alemanes el primero en difundir las filosofías y mitologías orientales, mucho antes que estas fueran adoptadas de forma terapéutica por los burgueses estresados de este lado del mundo. Un interés solo explicable gracias a su profundo humanismo. 

Mil mesías

Hoy parece increíble que uno los primeros conflictos internos que vivió el cristianismo fue el enfrentamiento entre iconoclastas e iconodúlicos. Dicho de otro modo, entre los partidarios de la adoración de imágenes religiosas y quienes las destruían asegurando que la fe podía ejercerse sin necesidad de representaciones visuales. Así como dentro de la religión musulmana darle una forma gráfica al profeta Mahoma continúa siendo un tabú, los primeros cristianos prohibían la adoración de pinturas y esculturas de temática religiosa, ya que podían distraer la atención que debía centrarse en lo puramente divino. Cuando el emperador Constantino I se convirtió al cristianismo y lo impuso en todo el territorio romano favoreció el uso de imágenes para difundir la entonces joven religión. Unos siglos más tarde este enfrentamiento recrudeció cuando el emperador León III ordenó el retiro de las imágenes de Cristo y otros santos de su palacio. Corría el año 730. Como bien señaló el historiador del arte Ernst Gombrich “La Iglesia temía la idolatría, pero dudaba en renunciar a la imagen como medio de comunicación”. A pesar que la presencia de íconos en templos y hogares continuó creciendo estas discusiones duraron hasta bien entrada la Edad Media. 


Con el debate finalmente ganado por los iconófilos las imágenes religiosas se difundieron por todo Occidente y no solo dentro de las iglesias. Hay que tener en cuenta que - debido a que la mayoría de las personas no sabían leer latín - el uso de un soporte visual fue fundamental para la difusión del cristianismo. En este sentido es muy gráfica la frase de Martín Lutero, quien al impulsar la Reforma Protestante se manifestó contrario a las imágenes religiosas pero más tarde afirmó “Las imágenes son el Evangelio de los pobres”, consciente de la importancia que estas tenían para el adoctrinamiento de la gente. El resultado de todas estas polémicas también afectó al mundo de las letras y no solo porque la Biblia fue uno de los primeros libros que salieron de la imprenta de Gutenberg.   

 Las historias sobre personas de vidas libertinas que buscan redimirse, las figuras misteriosas que aparecen para ayudar a un grupo humano en problemas o las narraciones sobre viajeros que superan distintos obstáculos para descubrir el sentido de su periplo son arquetipos narrativos con fuertes raíces bíblicas. Estos aparecen en la literatura a veces de manera explícita, como ocurre en “La Divina Comedia” de Dante, “El Paraíso Perdido” de Milton o la obra de J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis (ver nuestros post “El Señor de los Conversos”), pero también en libros que a primera vista no parecen religiosos. Esto se ve en la literatura de autores tan distintos como Fiodor Dostoyevski, Pier Paolo Pasolini y Flannery O’Connor, los cuales pueden ser calificados como ‘cristianos atípicos’.  

Pero son las versiones revisionistas de los evangelios las que más polémicas despertaron al momento de su aparición, algo injusto si se piensa que muchas veces tienen la intención de humanizar la figura del Hijo de Dios o de problematizar algunos de los aspectos más cuestionables de una creencia que tiene más de 2000 años y hoy atraviesa una evidente etapa de crisis. Uno de los autores que más exploró esa historia fue el griego Nikos Kazantzakis. El autor siempre había tenido una relación conflictiva con la fe, debatiéndose entre un ateísmo de raíz nietzscheana y la necesidad de investigar hasta qué punto los escritos bíblicos marcaban su personalidad más allá de su escepticismo. Estas inquietudes lo llevaron a escribir “La última tentación de Cristo” durante la última etapa de su vida, una novela que fue incluida en el Índex de Libros Prohibidos por la Iglesia Católica. Luego de esta medida el escritor envió un telegrama al Vaticano con la frase latina “Ad tuum, Domine, tribunal appello” (Presentaré mi apelación ante tu tribunal, Señor), una forma decir que si existe un ente supremo será ese quien deba juzgarlo, no una institución mundana como la Iglesia.  Tres décadas más tarde, en 1988, las controversias volvieron cuando Martin Scorsese adaptó el libro al cine.

Mucho más crítico es el tono de “El Evangelio según Jesucristo” del portugués José Saramago, que se centra sobre todo en la vida doméstica del futuro Mesías durante su niñez y adolescencia. Audaz desde lo formal (el libro está escrito en tercera persona por un anónimo testigo y con un uso anómalo de la puntuación), lo más polémico de este texto revisionista  es la idea de lo demoníaco como algo presente dentro de Jesús, lo que lo transforma en un personaje ambiguo y torturado. Una vez más la Santa Sede se sintió ofendida por esta mirada, reprobando al autor incluso después de su muerte en el año 2010. El periódico católico L’Osservatore Romano dijo a modo obituario: "Un extremista populista como él, que se hizo cargo del porqué del mal en el mundo, debería haber abordado en primer lugar el problema de las erróneas estructuras humanas, de las histórico-políticas a las socio-económicas, en vez de saltar al plano metafísico y culpar con demasiada facilidad y sin mayor consideración a un Dios en el que él nunca había creído a causa de Su omnipotencia."

Abrazar el ateísmo no significa estar automáticamente afuera de la religión. Sus arquetipos y esquemas morales nos atraviesan todo el tiempo y son un filtro entre nosotros y el mundo. Más allá de toda herejía, estos autores se preocuparon por deconstruir los evangelios con espíritu crítico, provocando el descrédito de las autoridades eclesiásticas. Esta reacción es la mejor prueba sobre lo importante que es seguir retorciendo, rehaciendo y analizando estos discursos ancestrales.


Oda a la fantasía


"Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras. Los aparecidos pueblan todas las literaturas: están en el Zendavesta, en la Biblia, en Homero, en Las mil y una noches. Tal vez los primeros especialistas en el género fueron los chinos. El admirable Sueño del Aposento Rojo y hasta novelas eróticas y realistas, como Kin P’ing Mei Sui Hu Chuan, y hasta los libros de filosofía, son ricos en fantasmas y sueños”.


Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo en el prólogo de la Antología de la literatura fantástica.


Un video para disparar la polémica: El realismo no existe:




Viajando entre idiomas

Cuando en 1976 la nouvelle “The subterraneans” de Jack Kerouac apareció por primera vez en español lo hizo bajo el nombre de “El ángel de los subterráneos”, título que el traductor consideró misteriosamente más adecuado. La traslación era obra de J.R. Wilcock, escritor argentino que fue parte del círculo de la Revista Sur en su juventud y que llevaba 20 años de exilio en Italia al tiempo de la edición, por lo que quizás su dominio del castellano ya no tenía la solidez necesaria para la tarea. Cuando tiempo después la prestigiosa editorial Anagrama publicó su versión de “Los subterráneos” la prosa del autor beat se vio plagada de una metralla de españolísimos términos castizos. El pasaje del inglés al castellano  era nuevamente objetable, demostrando que la tarea de trasladar un texto a otro idioma es una construcción muy subjetiva. Algo similar ocurrió con escritores como Charles Bukowski e Irvine Welsh (ambos muy doctos en el uso de términos callejeros en sus libros), que nos llegan en versiones ricas en términos ibéricos como “pasma”, “tío” y “zopenco”, expresiones muy ajenas a los barrios bajos de Los Ángeles y Edimburgo, donde transcurren originalmente las historias.



La traducción es un tema de eterna discusión para autores, lectores y académicos. No es casual que nombre prestigiosos como Vladimir Nabokob, Walter Benjamin y Umberto Eco - en su voluminoso “Decir casi lo mismo”- se desvelaran meditando sobre los problemas y virtudes de una actividad tan polémica como inevitable. En un mundo donde existen al menos 6912 lenguas vivas el arte de volcar textos, diálogos y canciones a otro idioma se ha vuelto fundamental para acceder a conocimientos y expresiones culturales ajenas. Toda una gran contradicción de esta Maldita Babel, cuya fascinante variedad solo puede entenderse si se la modifica. Y esto último es inevitable ya que, como afirma el prestigioso traductor Rolando Costa Picazo “La traducción literal concebida como una correlación de palabra por palabra no es posible ni siquiera en lenguas de una misma raíz”.

Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y César Aira son los tres escritores argentinos más traducidos a otros idiomas y los tres tuvieron a la traducción como una actividad laboral en distintos periodos de sus vidas. ¿Casualidad? Es probable que el conocimiento de otras formas lingüísticas ejerza una influencia en la forma de escribir, empujando a un equilibrio entre lo local y lo universal que ayudó a trascender las fronteras a estos autores. También es necesario aclarar que esta tarea no siempre se centra en creaciones interesantes para quien la realiza. Un buen ejemplo es Cortázar, que mientras recordaba con felicidad la empresa de volcar al español la novela “Memorias de Adriano” de la francesa Marguerite Yourcenar sentía un hastío enorme frente a los solemnes documentos que debía traducir durante su empleo en la UNESCO de París. A pesar de esto el autor de ‘Bestiario’ siempre recomendó la profesión: “Yo le aconsejaría a cualquier escritor joven que tiene dificultades de escritura, si fuese amigo de dar consejos, que deje de escribir un tiempo por su cuenta y que haga traducciones; que traduzca buena literatura, y un día se va a dar cuenta que puede escribir con una soltura que no tenía antes”.

Desde luego que alguien volcado al ejercicio de la creación literaria dejará su impronta en el texto original, tomándose licencias de todo tenor. Es famoso lo que Borges hizo con “Las palmeras salvajes” de William Faulkner, tanto en forma como en contenido. Por un lado buscó atemperar el estilo barroco del autor norteamericano, cambiando la puntuación de distintos pasajes para hacer las oraciones más breves, y buscó sinónimos para evitar la repetición de palabras dentro de un mismo párrafo, un recurso intencional que era parte del estilo faulkneriano. Pero lo más curioso es su negativa a traducir las groserías. Cuando el protagonista de la historia exclama “Women, shit!” Borges solo incluye la palabra “Mujeres” en su versión, ejerciendo una pudorosa censura. Quizás esas acciones son las que empujaron a Javier Marías a considerar su traducción de “The Wild Palms” como malísima.

Es que en este conflictivo pasaje se da una lucha entre los dos idiomas – el original y al que se pretende volcar el texto  – que resulta en formas gramaticales que pueden ser molestas. En el libro “Traducir poesía” se menciona lo que hace Silvina Ocampo con un verso en apariencia simple de Emily Dickinson. La autora argentina transformó “Life’s little dutties do – precisely” en la extensa sentencia “Las pequeñas obligaciones de la vida – cumplo meticulosamente”, dejándose llevar por la sintaxis del español. Muchos críticos afirman que en estos casos conviene tomar la idea que el autor quería expresar y elegir otras palabras que no rompan demasiado con la métrica y economía de la escritura de origen. Y esto es algo importante cuando se habla de poesía, donde el ritmo y las imágenes son más importantes que lo narrativo.

Toda profesión tiene su Everest, su periplo intimidante, y para los traductores el “Finnegans Wake” de James Joyce fue durante casi 80 años el reto que nadie se atrevía a aceptar. El escritor irlandés dijo antes de morir que ese libro tendría a la crítica desconcertada durante décadas y no se equivocó. Su imaginería onírica, su estructura esférica de historias y personajes que aparecen y desaparecen cambiando de nombre sin explicación aparente, sumada al uso de alrededor de setenta lenguas distintas – desde las más extendidas hasta ancestrales idiomas hay casi perdidos – hicieron que sus 628 páginas se ganaran fama de intraducibles. Finalmente el bahiense Marcelo Zabaloy dedicó varios años a leer y releer el texto, ofreciendo una traducción que recibió tantos halagos como críticas (es “demasiado argentino” señaló un académico español). Lo seguro es que al menos Finnegan, el modesto albañil dublinés protagonista, no usa expresiones como “¡Esto mola, gilipollas!” en su intrincada jornada. Eso ya es un gran logro.