Letras desparramadas en la arena mojada

Durante décadas, antes que creciera el variopinto abanico de balnearios que adorna hoy la costa atlántica argentina, Mar del Plata era la ciudad elegida por la muchedumbre obrera criolla para vacacionar en verano.  Y si bien el grueso de los concurrentes pertenecía a sectores populares, había ciudadanos de alta alcurnia que también decidían tostar su piel en Punta Mogotes y aledaños, olvidándose de todas las preocupaciones acumuladas durante el año. Por esto, quienes deambulaban por el balneario durante los 40’ y 50’ podían encontrase con escritores como Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casasares en una pose muy distinta a la que exhibían en las fotos junto al Grupo Sur. Algo de eso puede apreciarse en la siguiente fotografía:


La hermana de Victoria y el amigo de Borges (como cierto crítico los llamó peyorativamente) no solo usaron las tierras marplatenses para veranear, si no que allí concibieron “Los que aman odian”, la única novela que escribieron en conjunto. La historia del libro transcurre en el Viejo Hotel Ostende, sitio que sigue siendo un punto de peregrinación para los literatos argentinos. Muchos creadores van hasta allí en busca de inspiración aprovechando la tranquilidad del paraje, mientras organizan grupos de lectura y proyecciones de cine.

Existen numerosas fotografías que confirman el lazo entre la literatura y la playa, mostrando que para la gente de letras hay vida más allá del estereotipado escritorio con un teclado encima como único lugar de existencia. Porque para una multitud de autores y autoras la playa no es solo un sitio de descanso, si no una fuente de ideas ideal perdida entre los médanos de arena y el agua salada.



Su compatriota Agatha Christie, lejos de los estereotipos atléticos y bronceados que normalmente se relacionan con ese deporte, fue una entusiasta practicante del surf durante las décadas del 20’ y 30’. Se trata de una pasión que la prolífica autora de novelas de suspenso compartía con el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw.





Durante sus numerosos viajes a España, que darían origen a “Por quien doblan las campanas”, la vida de Ernest Hemingway no solo transcurrió entre las corridas de toros y las barricadas de la Guerra Civil Española. El estadounidense hizo varias escapadas a las costas mediterráneas donde, como se ve en la imagen de la izquierda, no renunció a su fama de dandy carismático. 

Debido a su muerte prematura Albert Camus es el único ganador del Nobel de Literatura que no conoció la vejez, por lo que en la fotografías siempre proyecta una imagen jovial. Este retrato, que lo muestra jugando con un grupo de amigas en una playa francesa, refuerza ese recuerdo del autor de “El extranjero”.


Delgado e introvertido durante su juventud, Yukio Mishima se transformó en un consumado bodybuilder a partir de 1955. Durante los 60’ aprovechó toda oportunidad para exhibirse en los veranos japoneses, mientras criticaba a los intelectuales que endiosaban la mente sobre el cuerpo. En 1970, pocos años después de esta foto, se quitó la vida mediante la ceremonia ritual del seppuku.  

Y es necesario cerrar diciendo que la playa es, además de sinónimo de esparcimiento, un sitio ideal de contemplación final. Por eso allí imaginó Thomas Mann la muerte del decadente Aschenbach en su clásico “Muerte en Venecia”. Desgraciadamente no hay fotos del escritor alemán en Venecia, aunque se conserva una imagen de su visita al Itsmo de Curlandia, en Lituania. El libro que sostiene en sus manos lo hermana con todos los bañistas que conservan la ingenua ilusión de ponerse al día con sus lecturas durante las vacaciones. El verano es el cementerio de lo irrealizable.


Luis Alberto Pescara