¿Cómo llego a Maldita Babel?

Es fácil perderse en este mundo hecho de libros. Estas son todas las formas de contacto para consultas, dudas y propuestas. 

Instagram: malditababel

Facebook: Maldita Babel

YouTube: Maldita Babel

Newsletter: https://luisalbertopescara.substack.com/

Correo: malditaeresbabel@gmail.com



Algunas gastronomías literarias

Es bastante común que las personas amantes de la lectura usen metáforas alimenticias para expresar su pasión. Para ellos los libros no se leen, si no que se devoran. Ese sentimiento de voracidad frente a las apetitosas páginas es muy cercano a la ansiedad que nos invade cuando estamos frente a uno de nuestros platos favoritos. Esto no es casual si tenemos en cuenta el lugar central que la comida ocupa en muchas obras literarias, con pasajes enteros dedicados a describir delicias culinarias de todo tipo. Incluso muchas veces esos manjares juegan un papel fundamental en la historia que se cuenta.

Uno de los usos más comunes de lo gastronómico en los libros es el de poner en evidencia el carácter excesivo y desprejuiciado de ciertos personajes. En Gargantúa y Pantagruel el francés Francoise Rabelais narró las grotescas desventuras de los dos gigantes del título, criaturas con tendencia a la buena vida al punto de rozar lo escatológico. El autor, representante del espíritu libertino y humanista del Renacimiento, no duda en enumerar durante párrafos enteros los ingredientes de los gigantescos banquetes con los que los protagonistas se agasajan, usando la hipérbole y el humor popular como recursos literarios. Esta serie de novelas editadas en el siglo XVI tuvo un impacto tan importante en la cultura occidental que hasta el día de hoy usamos el término “banquete pantagruélico” para describir una comida abundante hasta la exageración.

Otro amante de la buena mesa es Sacho Panza, el fiel acompañante de Don Quijote de la Mancha. En el capítulo en el que es proclamado gobernador de la Ínsula Barataria  una serie de delicias le son ofrecidas a modo de bienvenida, pero cada vez que va a llevarse un bocado a la boca un médico lo interrumpe diciéndole que puede ser peligroso para su salud. Harto de las intervenciones el querible regordete dice una frase contundente: “Y denme de comer, o si no, tómense su gobierno, que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas”. El clásico de Miguel de Cervantes está lleno de referencias a la comida desde su inicio, en el que se describe el menú seguido por el famoso hidalgo de La Mancha día a día, citando olla de carnero, salpicón, lentejas y algún que otro ‘palomino’ los domingos como parte de su dieta. Más adelante en la novela se suman a la lista platos más polémicos, como fritada de ratas y gato asado.

En muchos casos las descripciones de comidas y alimentos buscan describir la esencia de un personaje o el tono del texto que vamos a leer. Por ejemplo, la tendencia a comer vísceras del protagonista del Ulises de James Joyce nos presenta a alguien con una agitada vida interna. Tampoco es casual que Esteban Echeverría titule El Matadero a su relato fundacional sobre las luchas civiles durante el inestable periodo que siguió a la Independencia argentina. Incluso las recetas extravagantes que Herman Melville detalla en Moby Dick, con descripciones muy gráficas sobre las distintas formas de preparar la carne de ballena, sirven para fijar el tono obsesivo y truculento de  la venganza, así como para generar empatía por el animal del título.

Las comidas más simples del día, como la merienda, también son centrales en la literatura. Basta recordar el abanico de sensaciones que desata en Marcel Proust un sabor específico: En el instante mismo que el trago de té y migajas de magdalena llegaban a  mi paladar, me estremecí, dándome cuenta de que pasaba  algo extraordinario. Me había invadido  un placer delicioso, aislado, sin saber por qué, que me volvía indiferente a vicisitudes de la vida, a sus desastres inofensivos, a su brevedad ilusoria”. Así empieza el viaje nostálgico de su clásico En busca del tiempo perdido. Sentimientos similares expresa Banana Yoshimoto, figura central de las letras japonesas de los últimos años, en Amrita, cuando el aroma del pan recién horneado le provoca una desolación debido al recuerdo de un momento soñado que jamás volverá.

Es sabido que la hora del té en Inglaterra es un ritual sagrado, uno de esos hábitos culturales que se vuelven una parte fundamental de la identidad de una nación. En Alicia en el país  de las maravillas Lewis Carroll retorció esa costumbre, creando una sátira genial sobre la alta sociedad británica. Las incómodas discusiones que protagonizan el Sombrerero Loco, la Liebre de Marzo y el lirón representan a los aristócratas decadentes, condenados a repetir una ceremonia infinitamente a pesar de no tener ni manteca ni bizcochos. Hay que recordar que los dulces de todo tipo tienen una gran tradición dentro de la literatura infantil, tanto en clásicos ancestrales como
Hansel y Gretel de los Hermanos Grimm como en historias más contemporáneas como Charlie y la fábrica de chocolate de Roald Dahl.  

Muchos conocidos best sellers utilizan la comida para marcar el paso del tiempo o los cambios sociales y personales que va transitando el relato. El clásico Como agua para chocolate de Laura Esquivel anticipa desde el título tanto los calientes tiempos de la Revolución Mexicana como la alta temperatura de las pasiones a las que se entregan los protagonistas. Toda la gastronomía que salpica la historia es una alegoría de lo que va ocurriendo. Un periodo menos turbulento es el que retrata Tomates verdes fritos de Fanny Flagg, donde se utiliza el entorno sureño del “Whistle Stop Café” para ambientar la amistad entre dos mujeres y así evocar un tiempo pasado en el que las cosas eran más simples. Incluso una novela autobiográfica como Comer, rezar y amar propone a las delicias culinarias de Italia como el catalizador del cambio que Elizabeth Gilbert, protagonista y autora, estaba necesitando.      

No se puede hablar de libros y comida sin mencionar la enorme producción editorial destinada a difundir el arte de la cocina que inunda las librerías. No pocos académicos consideran a esta tendencia un género literario debido a la tradición influyente que tuvo sobre muchos creadores. No es casualidad que Amado Nervo afirmara que aprendió a leer y a formarse como autor leyendo el voluminoso libro de recetas que usaba su madre a fines del siglo XIX, un proceso que seguramente 100 años más tarde muchas personas atravesaron leyendo a Doña Petrona. Figuras prestigiosas como Eduarda Mansilla, Manuel Vázquez Montalbán e Isabel Allende publicaron sus propias colecciones de consejos gastronómicos para dejar en claro que había otra pasión que los atrapaba tanto como la escritura. 

Sin embargo nada supera en imaginación al Manual de Cocina Caníbal del surrealista francés Roland Topor, en cuyas páginas se detalla como preparar un misionero con pan rallado o un puré de cabeza de jefe. A muchos estas propuestas les parecerán demasiado incorrectas, pero otros sabrán entender el humor negro que encierran estas jugosas páginas. Después de todo, tanto en la cocina como en la literatura, sobre gustos no hay nada escrito.

Escenarios para después del Apocalipsis

Los pronósticos sobre qué ocurriría con la Humanidad en caso de que alguna situación extrema, ya sea de origen bélico, natural, divino o incluso cósmico, la enfrentara a un nuevo punto de partida son una fantasía de orígenes antiquísimos. Las narrativas apocalípticas se originaron en la tradición oral, se incorporaron a los textos religiosos de todas las culturas y se multiplicaron posteriormente en las distintas formas de ficción contemporáneas. 

Hoy, que un impensado suceso pandémico disparó una verdadera fiebre interpretativa sobre el futuro, es bueno volver a los diferentes escenarios que la literatura y el cine imaginaron al respecto. Distopías llenas de vigilancia, desigualdad y competencia que, aún con sus exageraciones, resultan a veces más acertadas que todos los discursos que nos aturden día a día. 

Apocalipsis imaginarios a mitad de camino entre la sátira y el pesimismo pop que tienen mucho para enseñarnos y responder una gran pregunta:

¿QUÉ VAMOS A HACER DESPUÉS DEL FIN DEL MUNDO?


Luis Alberto Pescara

Buenos Aires se escribe sola


Es muy difundida la frase que el escritor André Malraux dijo cuando visitó fugazmente la ciudad de Buenos Aires en 1959: “Esta es la capital de un imperio que nunca existió”. Durante más de medio siglo, empezando con la intendencia de Torcuato de Alvear y culminando espectacularmente con las obras para festejar el primer centenario de Revolución de Mayo en 1910, la ciudad había protagonizado fuertes cambios en búsqueda de una soñada majestuosidad arquitectónica. Esto estuvo acompañado con modificaciones sociales y etnográficas, como el desplazamiento de la población de origen indígena hacia la periferia provincial y una menor visibilidad de los afrodescendientes. Durante esas décadas los rastros coloniales casi desaparecieron.

El famoso proceso de europeización de Buenos Aires, acentuado por la llegada de inmigrantes de aquel continente, se hizo evidente durante la primera parte del siglo XX, acentuando la distancia iconográfica de la capital con respecto al resto del país. Esto resultaba shockeante para los extranjeros ilustrados, como Malraux, quienes habían crecido leyendo los relatos de viajeros que hablaban de una pampa infinita poblada por recios gauchos, una Patagonia misteriosa y un norte impenetrable donde el español aún era una lengua minoritaria. No había casi nada exótico en esa ciudad faraónica que ahora los recibía. En su libro “De Buenos Aires al Gran Chaco” Jules Uret dice “Se puede decir de manera general que los últimos vestigios de la dominación española desaparecen cada día, y que sus deplorables recuerdos son reemplazados, en medio de una prosperidad juvenil y ardorosa, por todas las instituciones que la experiencia y la energía de los pueblos fuertes han sabido crear”. La confianza de progreso que traía el nuevo siglo deslumbraba a los visitantes de mirada más positivista.

Por otro lado, para los letrados porteños las provincias se transformaban en una otredad tan basta como lejana. Allí se originó aquella frase irónica de Jorge Luis Borges rescatada en la entrada 'Literaturas de tierra adentro' de este blog: “Ser porteño es uno de los actos más imprudentes que se puede cometer en Buenos Aires”.  Quienes llegaban de las provincias con intenciones literarias gozaban del plus de tener un background particular que los locales debían construir a fuerza de imaginación y letras. Para ellos era necesario poblar la urbe de mitos y fantasmas.

En consonancia con la búsqueda de una identidad arquitectónica propia, Buenos Aires fue forjando su imagen literaria, aunque de una manera más fragmentada y anárquica. Cada barrio fue encontrando un conjunto de creadores que lo narrara y mitificara. Por suerte, lejos de la imagen televisiva de la ciudad que solo parece reconocer aquellas zonas donde se mueve el showbussines vernáculo, la literatura fue más democrática a la hora de darle entidad a las distintas porciones de la metrópolis. En gran parte esta mitología hecha de letras se transforma en una primera postal para quienes no conocen la ciudad. De hecho, muchos provincianos que viajan a la capital por primera vez vienen esperando encontrar el Palermo de Borges, el Flores de Roberto Arlt y Alejandro Dolina, el Boedo de Fabián Casas, el Balvanera de Macedonio Fernández o las calles de Barrio Parque por las que se pasearon las hermanas Ocampo. Como es común que el registro narrativo porteño sea melancólico y espectral, el recién llegado probablemente termine desilusionado al no encontrar esa imagen que conoció en los libros. El Buenos Aires lleno de conspiraciones y laberintos de la ficción literaria casi no existe. De hecho, el incesante proceso de 'cementización' de la capital, como lo denomina el arquitecto Rodolfo Livingston, pareciera fomentado a propósito para ocultar ese aspecto más misterioso y vitalista que fue construyendo durante décadas el mundo de las letras. 

Pero quizás está bien que así sea. Después de todo la ciudad (como todas las ciudades) no deja de escribirse sola día a día; incluso cuando parece que descansa. Cómo señala Ezequiel Martínez Estrada en el poderoso final de 'La Cabeza de Goliat': “De la noche cósmica en que se sumerge, Buenos Aires extrae energías para nuevas luchas en que casi está sin aliados. Las voluntades que en el ímpetu del día procuran la victoria de sus propios intereses, ahora reciben, en el sueño de la noche, un influjo de total unidad. Así Buenos Aires trabaja silenciosamente contra las potestades del caos”.      

La academia, los fans y el pop


¿Qué tienen en común Stephen King  y Miguel de Cervantes? Cada uno con su estilo buscó retratar el impacto que ciertas obras culturales tienen en muchas personas, las cuales caen en un fanatismo que para los académicos resulta incomprensible. Sin embargo el peso que las opiniones de los fans no deja de crecer en la industria del entretenimiento actual. El destino final de este fenómeno es todo un misterio, tanto para quienes lo protagonizan como para quienes lo estudian.

Este video propone una travesía para desentrañar la historia de los fanáticos pop, evidenciando la resistencia que despiertan en los snobs e intentando desentrañar el costado positivo de que los amantes de las creaciones populares se reúnan a compartir sus pasiones:

Elogio del fanatismo pop: 


Meditaciones sobre el oficio de escribir

Bueno / niños / para empezar voy a preguntarles una cosa / ¿verdaderamente quieren aprender a escribir? / entonces mándense a mudar / vuelvan a sus casas / y empiecen a hacerlo de un vez.

Bueno / niños voy a entregarles unas fichas / para que las completen con sus datos / en la parte inferior / deben anotar el nombre de su poeta favorito / amigos no valen / parientes no valen / Don Quijote vale / King Kong vale / la emoción, la ternura, la compasión valen valen valen / la altura de la boca del poeta no debe superar el nivel del vertedero del oído de la gente.

Bueno / niños / en el reverso de la ficha / describan el alma / tal como la piensan / presten mucha atención con lo que hacen / porque a lo largo de los años / no harán otra cosa que escribir lo mismo / el alma adopta formas múltiples / puede ser un pronombre relativo / puede ser un gato blanco en la ventana observando una pecera / un vaso de agua de la canilla / mi alma por ejemplo / es como la linterna del acomodador / mi alma es como la linterna del acomodador / mi alma es como la linterna del acomodador / eso es todo lo que he escrito a lo largo de mi vida.

Bueno / niños / la literatura es un arma secreta / cada vez más desnutrida / según el último informe de las Naciones Unidas / de cada mil personas solamente leen dos / y yo / claro / que antes de salir por la mañana / después de afeitarme / cierro los ojos / y saco un libro de la biblioteca / cualquiera / en realidad antes de sacarlo / cuento hasta quince / para que tengan tiempo de esconderse.


Bueno / niños/ ahora vamos a hablar de los gajes del oficio / cada vez que se les ocurra una frase / escríbanla / la diferencia entre un escritor de verdad y otro cualquiera / es que el verdadero enciende el velador a las tres de la mañana / salta de la cama en calzoncillos / y escribe lo que acaba de soñar / supongamos que acaba de soñar con una mosca / entonces escribe pfffft / y se vuelve a dormir. Ese gesto amable y puro / equivale a siglos de existencia.

Daniel Salzano (22/05/41 - 24/12/14)

Textos, drogas y rock & roll

Uno de los datos que trascendió tras la muerte de David Bowie fue el de su voracidad como lector, que en los últimos años lo llevó a leer varios libros por semana. Ventajas de tener mucho tiempo libre, diría el ciudadano común. Pero más allá de este dato puntual, son numerosos los músicos que han encontrado inspiración en la literatura a la hora de crear.

La influencia literaria en la música popular es a veces subestimada. Hay que pensar que durante los primeros años del ‘music business’ no había estrellas consolidadas a las que los jóvenes artistas pudieran imitar y admirar, por lo que muchos eligieron a los escritores como un temprano punto de referencia. Desde entonces, contrariamente a lo que muchos piensan, hay una gran cantidad de canciones de pop y rock que reflejan las pasiones literarias de los músicos. A continuación repasamos algunos de los textos visitados a la hora de componer y las piezas que originaron.

Cumbres borrascosas (Emily Brontë): “Wuthering Heights” Kate Bush.

Morella (Edgar Alan Poe): “Morella” Los piojos. 

La Venus de las pieles (Leopold Sacher Masoch): “Venus in Furs” Velvet Undergroud.

Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll): “I’m the Walrus” The Beatles, “White Rabbit” Jefferson Airplane, “Canción de Alicia en el país” de Charly García.

Una habitación propia (Virginia Woolf): “Shakespeare’s Sister” The Smiths.

El Maestro y Margarita (Mijaíl Bulgakov): “Sympathy for the Devil” The Rolling Stones.

1984 (George Orwell): “1984” David Bowie, “California Uber Alles” Dead Kenedys, “Wake Up!” Oingo Boingo, “Irresponsible Hate Athem” Marylin Mason, “Testify” Rage Against the Machine, “2+2= 5” Radiohead, “Resistance” Muse.

Un Mundo Feliz (Aldous Huxley): “Brave New Wold” Iron Maiden.

Lolita (Vladimir Nabokov): “Don’t  Stand so Close  to Me” The Police, “Off the Races” Lana del Rey.

 El Extranjero (Albert Camus): “Killing an Arab” The Cure.

Un día perfecto para el pez plátano (J.D. Salinger): “A perfect Day, Elise” P.J. Harvey.


Historias de locura ordinaria (Charles Bukowski): “Polaroid de locura ordinaria” Fito Páez.

El Perfume (Patrick Süskind): “Scentless Apprentice” Nirvana.

El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde): “Narcissist” The Libertines.

Los ejemplos pueden extenderse indefinidamente. Existen casos en los que un disco entero está dedicado a un autor, como “Tales of Mistery and Imagination” de The Alan Parsons Project y el inevitable “Artaud” de Luis Alberto Spinetta, uno de los discos esenciales del rock argentino. También están quienes homenajean a los autores desde su identidad, como Bob Dylan, quien eligió su nombre artístico debido a su admiración por el poeta galés Dylan Thomas, o The Doors, quienes eligieron su nombre a partir de los versos de William Blake "Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería ante los hombres como realmente es: infinito”. Todo indica que infinitas son también las formas que toma la inspiración.

Artaud (1973): Luis Alberto Spinetta - Pescado Rabioso


Otras formas de narrar el terror


Luego de los atentados del 11 de Setiembre del año 2001 la forma de relatar la realidad se complicó de distintas formas. El día que George W. Bush dijo “O están con nosotros o están con ellos” no solo puso presión a los gobiernos del mundo para alinearlos en su “lucha contra el terrorismo”, también impulsó una oleada de corrección política que homogenizó las formas de contar la realidad. Músicos, cineastas y escritores se vieron en la encrucijada de pensar cada uno de sus pasos, debatiéndose entre la pasteurización inofensiva y el riesgo que suponía ejercer una mirada crítica sobre el fenómeno.

El terrorismo muchas veces es una forma perversa de defender una causa justa. Palestinos, irlandeses o salvadoreños en distintos momentos de su historia han sufrido alguna invasión o tiranía, las cuales han terminado siendo el detonante de una respuesta armada. Intentar reflejar la complejidad de estos procesos es bien difícil, sobre todo si se trata de evitar un excesivo romanticismo o una mirada forzadamente maniqueísta.

A la vez estas guerrillas suelen nutrirse de la mirada ingenua de los que aceptan acríticamente una causa, sin medir las consecuencias. Incluso hasta se puede terminar fortaleciendo a quien se pretende combatir, como se refleja en el filme de Reiner Werner Fassbinder “La tercera generación”, en el que un grupo de jóvenes burgueses repite discursos de guerrilla y planea sabotajes como si se tratara de un picnic. Una visión desencantada muy a contramano con el grueso del discurso combativo de los 70’s.  

La literatura ha compartido esa mirada en varias ocasiones. En “La buena terrorista” la ganadora del Nobel Doris Lessing describe a un conjunto de personajes de una minoritaria célula revolucionaria en plena preparación de un atentado. Al suspenso creciente se le une la sensación de que nadie sabe muy bien por qué está allí. Lo más probable es que solo los impulse el aburrimiento.

Un paso más allá lleva las cosas el francés especialista en estudios árabes Mathias Enard. En su breve sátira “Manual del perfecto terrorista”, un texto ambiguo que, a la manera de “El Príncipe” de Maquiavelo, puede ser leído como un listado de instrucciones para caer en prácticas de terror o como una denuncia contra estas, jugando inteligentemente esa carta tan contemporánea que es la ironía. Un misterioso sensei llega a una isla del Caribe y allí adoctrina a un servil esclavo. Este, en busca de la emancipación, verá sus certezas desafiadas y su virtud  literalmente vulnerada. Una vez más aparece la imagen del rebelde ingenuo y fácilmente manejable.


“Los terroristas no tratan de matarnos porque odian nuestra libertad. Nos matan porque estamos en sus países matándolos” afirmaba hace un par de años Michael Moore en una carta en la que el tema central era la corrección política. Sea por aburrimiento o por ceguera ideológica, el terrorismo es una práctica aberrante aunque sea la consecuencia de un reclamo justo. Encontrar la forma narrativa adecuada para exponer esta sentencia es otra historia.