El misterio más grande de todos



En una ocasión le preguntaron a Lou Reed cómo sería escribir una buena canción de rock, a lo que el músico respondió que el siempre se preguntaba cómo lo haría Raymond Chandler “Tiene que ser algo simple, porque no se trata de transmitir una gran idea para que la gente piense, si no de contar una historia con frases directas y con ritmo”. Pocos advierten la influencia que la literatura ha tenido en la creación de canciones populares, sobre todo entre los pioneros del rock, quienes no tenían un pasado pop al cual recurrir para inspirarse y entonces tomaron a los libros como una primera  forma de aprendizaje. Dentro esa escuela los autores de la novela negra – con Chandler a la cabeza – ocuparon un lugar de preferencia. 

 Eso que el líder de la Velvet Underground señala como una  virtud del autor de “Adiós muñeca” fue marcado como un defecto por muchos críticos. Gente tan prestigiosa como Martín Amis dijo que la narrativa de Chandler estaba fechada, mientras que no son pocos los críticos que consideran a Dashiell Hammet y a Mickey Spillane como mejores representantes del género. Estos conceptos quizás se deban a que el universo chandleriano no se centra para nada en la resolución de un misterio, si no que ahonda en la creación de ambientes y en la voz – cínica y omnipresente – de su protagonista, cuyas observaciones son verdaderos latigazos verbales. Esa sequedad narrativa es la que lo acerca más al lenguaje del blues y el rock antes que al del canon literario. Es lo que lo hizo admirado entre gente tan dispar como el prestigioso poeta W.H. Auden y el autor de novelas de espionaje Ian Fleming. 

Su historia como escritor es bastante atípica y seguramente sea lo que influyó en su visión oscura de las conductas humanas. En 1932, cuando contaba con 44 años, perdió su empleo de ejecutivo en una empresa de combustible como consecuencia de la Gran Depresión. Pero más allá de la crisis global, fue su conducta impredecible la que lo puso en la calle. Alcohólico, depresivo y con inclinación tanto a acosar empleadas como a intentar suicidarse, fue durante esos años oscuros que se hizo adicto a leer numerosas pulp magazines (aquellas que Quentin Tarantino homenajeo en su “Pulp Fiction”), unas baratas revistas de ficción efectista que circulaban en la norteamérica empobrecida. Recordando su olvidable paso por el periodismo en Inglaterra, decidió enviar a ‘Black Mask’ algunos relatos cortos que fueron muy bien recibidos por los lectores. De la remezcla de situaciones y personajes de esos cuentos emergerían las futuras novelas “El sueño eterno”, “Adiós, muñeca” y “El largo adiós”. Todas protagonizadas por su irónico anti-héroe, el detective Philip Marlowe. 

Chandler era un tipo difícil. Las veces que fue convocado por los grandes estudios cinematográficos hubo conflictos de todo tipo. Ya cuando Howard Hawks decidió adaptar “The Big Sleep” a la pantalla grande se encontró con que la novela tenía varios cabos sueltos, por lo que le envió un telegrama preguntándole directamente “Estimado Raymond ¿nos diría cómo murió el chofer en su libro?”, a lo que el autor respondió que sinceramente no tenía la menor idea. Años después, para la escritura de “The Blue Dahlia” - su primer guión no basado en un texto previo - exigió como pago botellas de whisky, ya que solo borracho podría romper el bloqueo creativo que sufría. Pero las mayores asperezas se dieron con Alfred Hitchcock, para quién creó el guión de “Extraños en un tren”. Ambos no se dirigían la palabra, sobre todo luego de que el maestro del suspenso escuchara al escritor referirse a él como “ese gordo bastardo”. El director inglés arrojó todo lo escrito hasta entonces a la basura. Estas experiencias empujaron a Chandler a escribir el antológico artículo “Writers in Hollywood”,  en donde concluye que la industria cinematográfica le paga grandes sumas a prestigiosos escritores solo para que estos no se quejen cuando ignoren todas sus sugerencias.

Es difícil arriesgar que habría dicho Chandler si se hubiera enterado que Osvaldo Soriano – uno de sus grandes admiradores – incluyó a Philip Marlowe como uno de los protagonistas de “Triste, solitario y final”. Aunque pensándolo bien es probable que la escena en la que el autor argentino y el detective boicotean la entrega de los Oscar le hubiera divertido en grande. Después de todo se trata de un evento que celebra el dinero y lo ostenta groseramente, conductas que el escritor denunciaba desde sus novelas. Como señala Ricardo Piglia en un ensayo sobre el policial negro: “El dinero que legisla la moral y sostiene la ley es la única razón de estos relatos donde todo se paga. Allí se termina con el mito del enigma, o mejor, se lo desplaza”.  


En la colección de relatos “El simple arte de matar” Raymond Chandler deja todo bien claro con una elocuente introducción: "el autor realista de novelas policiales habla de un mundo en el que los gangsters pueden dirigir países: un mundo en el que un juez que tiene una bodega clandestina llena de alcohol puede enviar a la cárcel a un hombre apresado con una botella de whisky encima. Es un mundo que no huele bien, pero es el mundo en el que usted vive. No es extraño que un hombre sea asesinado, pero es extraño que su muerte sea la marca de lo que llamamos civilización". ¿Por qué matamos, mentimos y  robamos? ¿Por qué nos corrompemos? Ese es sin lugar a dudas el misterio más grande de todos. Y sigue sin resolverse.  



Vidas de celuloide


Género peligroso como pocos el de la autobiografía. Al ombliguismo que implica escribir sobre uno mismo se le suma la subjetividad inevitable de estos libros, que los acerca mucho más a la ficción antes que a un recuento real de los hechos. Por no señalar que muchas veces se evidencia que la vida personal del protagonista es mucho menos interesante que su obra.

Por la naturaleza manipuladora de su arte, las autobiografías de las estrellas de cine son las más adictivas y a la vez las que más invitan a no ser tomadas en serio. En el filme “Chaplin” un ya envejecido Charles Chaplin (interpretado por Robert Downey Jr.) le relata el nacimiento de su inmortal personaje cinematográfico a un periodista (Anthony Hopkins) de una manera pintoresca. Aparentemente el sobrero bombín, el bastón y los gigantescos zapatos, llenos de magia y brillo, habrían encandilado al cómico que así advirtió que ese sería el atuendo adecuado para darle forma al famoso “Charlotte”. El entrevistador le reprocha al actor su versión edulcorada de un hecho que seguramente fue absolutamente insignificante cuando ocurrió. Chaplin, categórico, le responde: “Es que la realidad es tan aburrida”.


En su excelente autobiografía “Nadie es perfecto” Billy Wilder opina algo parecido. La polémica máxima “Nadie gasta sus dólares para ver en cine lo que sucede detrás de la puerta del vecino. Lo que allí sucede lo conoce hasta la saciedad porque es lo mismo que sucede en su casa” reaparece varias veces a lo largo del libro y el realizador, que empezó en la vanguardia berlinesa antes de asentarse en EE.UU; insiste en que se aplica tanto a Hollywood como al cine europeo.

Sin embargo Wilder encontró una fórmula para hablar sobre el costado oscuro del mundo en sus películas haciendo uso de los mecanismos de la “fábrica de sueños”. Además en varias páginas aparecen visiones demoledoras sobre mitos intocables como Humphrey Bogart, Marylin Monroe o el mismísimo Chaplin. Todo esto le hizo ganarse una injusta fama de cínico, cuando lo único que hizo es dejar que la realidad este siempre presente en sus filmes y en sus opiniones.

Aunque es principalmente recordado por sus inigualables

comedias, este vienés es también el autor del más despiadado retrato deHollywood en la obra maestra “Sunset Boulevard” (1950), lo que le granjeó el odio de varios ejecutivos. Allí desarrolló el concepto de que la industria del cine es, detrás de las mansiones y decorados, un universo pesadillezco y decadente que tarde o temprano desemboca en un crimen. David Lynch llevará más tarde esta idea al límite en sus alucinadas producciones. Por otra parte realizadores como Fernando Trueba reconocieron su lucidez para crear situaciones brillantes y ácidas. De hecho el director español al recibir el Oscar por “Belle Epoque” dijo la famosa frase: “But I just believe in Billy Wilder, so thank you, Mr. Wilder”.

La conciencia de que el cine es una actividad tan fraudulenta como fascinante recorre todo “Nadie es perfecto”. En ese sentido Wilder coincide con la visión del italiano Marco Ferreri cuando se le consultó sobre las diferencias entre el espectador de películas comerciales y el que solo ve cine arte: “Todos son devoradores de sombras”.