La vehemencia con la que Borges señala estas contradicciones lo hacen pasar por alto que unos pocos años atrás la enemistad literaria más conocida de la historia argentina se libraba con los bandos apenas separados por 50 cuadras. Boedo vs. Florida era un enfrentamiento que – además de ser exagerado por los cronistas de la época – consistía en dos grupos de escritores y pintores que se reunían en dos barrios de la misma ciudad. Estos hechos son los que quizás provocan el recelo de muchos autores del interior del país, quienes deben optar entre emigrar a la Gran Ciudad para hacerse un lugar propio o intentar llevar adelante una obra personal en su lugar de origen, donde muchas veces también existen minúsculos Boedos y Floridas enfrentados a muerte. En el medio está la necesidad de encontrar una voz distintiva, lo que empuja a muchos a exagerar estéticas localistas para diferenciarse de una tradición que mayoritariamente se decidió en los barrios comprendidos entre la avenida General Paz y el Río de la Plata. Para lograr esto no es necesario abusar de imágenes gauchescas o folklóricas.
Literaturas de tierra adentro
La vehemencia con la que Borges señala estas contradicciones lo hacen pasar por alto que unos pocos años atrás la enemistad literaria más conocida de la historia argentina se libraba con los bandos apenas separados por 50 cuadras. Boedo vs. Florida era un enfrentamiento que – además de ser exagerado por los cronistas de la época – consistía en dos grupos de escritores y pintores que se reunían en dos barrios de la misma ciudad. Estos hechos son los que quizás provocan el recelo de muchos autores del interior del país, quienes deben optar entre emigrar a la Gran Ciudad para hacerse un lugar propio o intentar llevar adelante una obra personal en su lugar de origen, donde muchas veces también existen minúsculos Boedos y Floridas enfrentados a muerte. En el medio está la necesidad de encontrar una voz distintiva, lo que empuja a muchos a exagerar estéticas localistas para diferenciarse de una tradición que mayoritariamente se decidió en los barrios comprendidos entre la avenida General Paz y el Río de la Plata. Para lograr esto no es necesario abusar de imágenes gauchescas o folklóricas.
No tan neutros
Plagios, parodias, autores y abogados
Pioneros de este procedimiento fueron Borges y Adolfo Bioy Casares,
quienes en “Seis problemas para Isidoro Parodi” y “Nuevos cuentos de Bustos
Domecq” desarticularon el universo de los relatos detectivescos (especialmente
los de Chesterton y Poe) para hablar del arte y del contexto de su época.
Posteriormente el citado cuento de Fogwill hizo lo propio, pero con cierto afán
parricida de desacralizar el universo borgeano con un estilo irónico y
explícito; algo común en muchos escritores de los años 80’. Usó los mecanismos
del amado/odiado Jorge Luis para parodiarlo y así retratar los excesos de cierta
marginalidad del retorno democrático. Un paso más allá fue Pablo Katchadjian en
“El Aleph engordado” (el cuento original aumentado en más de 5000 palabras),
despertando la ira de la viuda Kodama y corriendo el riesgo de un embargo por $
80.000 e incluso de pasar una temporada
tras las rejas. En la era del ‘collage’ las viejas leyes de propiedad
intelectual parecen volverse obsoletas. Con la tinta en el ojo
![]() |
Ver o no ver; esa es la cuestión


En 1971 Jorge Luis Borges visitó Londres para encabezar una serie de veladas literarias en el Central Hall de Westmindster a sala llena. Fueron dictadas por el escritor en “un inglés que era a la vez, como el conferenciante, levemente victoriano y con un tenue tinte exótico en la pronunciación.” Esta descripción pertenece a Guillermo Cabrera Infante, exiliado en Inglaterra por esos años y admirador del autor argentino. En la antología “Infantería” el cubano relata una interesante anécdota posterior a la exitosa conferencia:
“Se me ocurrió que Borges no era un ciego verdadero, que su ceguera era para emular mejor a Milton y Homero. Decidí poner a prueba la visión del argentino. Las calles que rodean a Berkeley Square traen un tráfico veloz aún tarde en la noche, casi todo compuesto por taxis ávidos en busca de trabajo a la salida del teatro. Llevé a Borges hasta el medio de la calle y lo dejé allí con un pretexto ad hoc. Vi los taxis venir, eludir apenas a Borges y raudos seguir. Borges ni se inmutaba. Seguramente que, discípulo de Berkeley, los taxis no le concernían porque no existían al no verlos. Corrí a llevar a Borges a un sitio seguro y ni siquiera mencionó mi ausencia. Pero luego, regresando al hotel, me señaló la línea amarilla junto al contén, y me dijo: Usted sabe, yo no veo nada ya. Solamente el color amarillo me es fiel. Esa raya que está ahí es lo único que veo de la calle.”
“¿Por qué me decía esto Borges? ¿Se habrá dado cuenta de mi argucia? ¿O habría habido un taxi de color amarillo que le pasó cerca y decidió hacer que no lo vio? Borges era, como se dice en su cuentos, muy matrero.”
Es probable que Cabrera Infante tuviera razón y la ceguera del genial escritor solo fuera otra de sus bromas irónicas, leves e inquietantes. Quizás tomó la idea de Homero y Milton que llevan siglos riéndose de nosotros. Y quizás los ciegos somos nosotros que nunca nos dimos cuenta. O no queremos.
Mejor no hablar de ciertas cosas.




