Escenarios para después del Apocalipsis

Los pronósticos sobre qué ocurriría con la Humanidad en caso de que alguna situación extrema, ya sea de origen bélico, natural, divino o incluso cósmico, la enfrentara a un nuevo punto de partida son una fantasía de orígenes antiquísimos. Las narrativas apocalípticas se originaron en la tradición oral, se incorporaron a los textos religiosos de todas las culturas y se multiplicaron posteriormente en las distintas formas de ficción contemporáneas. 

Hoy, que un impensado suceso pandémico disparó una verdadera fiebre interpretativa sobre el futuro, es bueno volver a los diferentes escenarios que la literatura y el cine imaginaron al respecto. Distopías llenas de vigilancia, desigualdad y competencia que, aún con sus exageraciones, resultan a veces más acertadas que todos los discursos que nos aturden día a día. 

Apocalipsis imaginarios a mitad de camino entre la sátira y el pesimismo pop que tienen mucho para enseñarnos y responder una gran pregunta:

¿QUÉ VAMOS A HACER DESPUÉS DEL FIN DEL MUNDO?


Luis Alberto Pescara

Galileo vs. The World



En una de esas polémicas ridículas pero irresistibles que surgen en twitter el rapero estadounidnse B. o B. inició una cruzada para demostrar que la tierra es plana, convencido de  que la Humanidad está siendo engañada desde hace siglos. Posteando fotografías en sus redes en las que pregunta por qué no se ve la curvatura en el lejano horizonte, e incluso componiendo una canción sobre su teoría, buscó refutar las respuestas de científicos y astronautas. Nombres ilustres como el divulgador Neil DeGrasser Tyson y Buzz Aldrin, el segundo hombre que pisó la luna, se encargaron de refutar al artista de hip-hop con sólidos argumentos. Un convencido B.o.B sostuvo su convicción diciendo “Es normal que la gente busque desmoralizarte cuando sabe que tienen algo que ocultar”. Esta misma frase pudo haber sido pronunciada por Galileo Galilei hace 400 años, aunque en su caso la situación era exactamente la contraria.

Quien hoy es considerado “padre de la ciencia moderna”  había sorprendido a toda Europa con sus teorías nacidas de sus observaciones por el novedoso invento del telescopio. La certeza de que la Tierra se mueve alrededor del Sol y el descubrimiento de las manchas solares son algunos de los aportes de este genio del Renacimiento. Si su apoyo a las ideas de Nicolás Copérnico, primer pensador que cuestionó la centralidad de nuestro planeta en el cosmos, ya lo hicieron un personaje controvertido, la  popularización de sus ideas lo transformaron en el enemigo número 1 de los sectores más conservadores de la Iglesia Católica. Contando con la protección de Cosme II de Medici durante años, el genio nacido en Pisa había podido desarrollar sus ideas con relativa libertad, impresionando al Colegio de Roma y a científicos tanto religiosos como seculares. Pero al fallecer su mecenas Galileo quedó solo ante el Poder, ya que el resto de la familia Medici era muy devota. El Vaticano no tardó en iniciarle un proceso que se transformó en un símbolo de los enfrentamientos entre Razón y Religión.

Todo culminó el 30 de abril de 1633 cuando el científico nacido en Pisa, bajo amenaza de ser torturado, fue forzado a afirmar que sus ideas eran erradas en un acto de alta auto-humillación. El texto – escrito por un hombre de ciencia de 70 años con problemas de salud - concluía que con el corazón sincero y fe no fingida, abjuro, maldigo y detesto los mencionados errores y herejías y, en general, de todos y cada uno de los otros errores, herejías y sectas contrarias a la Santa Iglesia”. Al poco tiempo su abjuración circuló por toda Europa y leerla actualmente genera una inevitable impotencia. Es muy difícil imaginar los sentimientos del físico italiano al momento de tener que renunciar a los frutos de tantos años de investigación, aunque el alemán Bertolt Brecht supo plasmar con agudeza el episodio en “Vida de Galileo”, una de sus obras más emblemáticas.

En su libro “Fe y Ciencia” el teólogo Manuel Trevijano afirma muy protocolarmente que “Si los inquisidores hubiesen considerado la teoría heliocéntrica como una nueva sentencia a estudiar, y no hubieran visto en Galileo a un adversario que había que condenar forzosamente, hubiesen ahorrado muchos dolores de cabeza a los apologetas posteriores”. Lo cierto es que estos últimos, encargados de defender los dogmas del cristianismo, lograron retrasar las disculpas de la Santa Sede  durante siglos. En 1979 Juan Pablo II ordenó la creación de una comisión especial para revisar aquella polémica del siglo XVII, la cual recién llegará a conclusiones definitivas en 1992.  Así fue como 359 años después de los sucesos originales Galileo Galiei fue reconocido públicamente, retirándolo de la categoría de hereje en la que estaba catalogado. De todas maneras las críticas a la Iglesia por su accionar en proceso y las consecuencias que esto trajo para el desarrollo científico aún continúan.

La Tierra no es plana, ni tampoco es el centro del universo. Está en movimiento (“Eppur si muove” se dice que comentó en voz baja Galileo luego de su sentencia para señalar que nuestro planeta seguía moviéndose más allá de la opinión eclesiástica) como lo está el conocimiento científico. De hecho hoy sabemos que ni siquiera el Sol es el centro del universo y que nuestro sistema es escandalosamente pequeño frente a una vastedad cósmica que la astronomía revela como infinita. Quizás una mayor consciencia de esa pequeñez ayudaría tanto a cardenales romanos como a raperos estadounidenses a aceptar los hechos con algo de modestia, esa virtud tan olvidada en la actualidad.  

La ciencia y su torre de marfil

Existen imágenes que están tan incorporadas a la cultura popular que pocas veces nos preguntamos cuál fue su origen. Una de ellas es la famosa instantánea de Albert Einstein sacando la lengua. La postal se produjo durante el cumpleaños número 72 del creador de la “Teoría de Relatividad”, cuando luego de sonreír durante horas para la prensa se le pidió un último momento de simpatía, a lo que el científico respondió con el célebre gesto burlesco. De todos los presentes solo el fotógrafo Arthur Sasse tuvo los reflejos para captar la imagen con rapidez. Aunque en un primer momento los editores discutieron sobre si era apropiado o no difundir la foto, al publicarse se popularizó inmediatamente. Einstein mismo pidió varias copias para su uso personal. Desde entonces la imagen se ha transformado en un símbolo de que la genialidad y la irreverencia pueden ir de la mano.

La solemnidad es una característica que la ciencia comparte con la religión. Como si los sistemas de creencias solo pudieran defenderse desde la más absoluta seriedad, los científicos muchas veces terminan aislándose de lo que podríamos denominar el “humano común” y no difieren demasiado de lo que era el clero durante la época más oscura de la Edad Media. Teniendo en cuenta el enfrentamiento de siglos que sostuvieron estas instituciones, puede resultar irónico que la ciencia caiga en los vicios de su histórico contrincante. Leyendo el voluminoso volumen “Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia” que John W. Draper publicó en 1875 es fácil notar que la excesiva gravedad eclesiástica fue el detonante de muchos de esos problemas. El libro ocasionó reacciones en su contra en todo el mundo, sobre todo por su tono fuertemente anti católico.

Quizás el caso más famoso de choque entre el Vaticano y un hombre de ciencia es el que sufrió Nicolás Copérnico, astrónomo y clérigo. Aunque había concluido su obra “De revolutioibus orbium coelestium” (Sobre las revoluciones de las esferas celestes) en 1531, luego de un cuarto de siglo de investigaciones y escrituras, no se atrevía a publicarlo por temor a la reacción del Vaticano. Una carta del cardenal Schömberg convenció a Copérnico a publicar el libro en 1543, llegando incluso a ver un ejemplar mientras estaba en su lecho de muerte. Sin embargo la reacción de la Iglesia fue la que siempre había temido: el texto fue considerado herético e incluido en el Índex de libros prohibidos como “falsa doctrina pitagórica en todo contraria a las Sagradas Escrituras”.

Pasaron los siglos y la intolerancia cambió de forma. Jeremy Bernstein en su libro “Quarks, chiflados y el cosmos” recopila una serie de perfiles desenfadados de eminencias como Einstein, Mach, Bohr y Schrödinger, entre otros. En sus páginas también se cuenta la historia de Alan Turing, matemático, criptógrafo y pionero de la computación que ayudó a descifrar los códigos nazis de comunicación (particularmente el de la célebre maquina “Enigma”) durante la Segunda Guerra Mundial. A pesar de haber recibido una medalla del Imperio Británico por sus investigaciones, fue acusado de indecencia y enjuiciado en 1952 debido a su homosexualidad, que aún era considerada un crimen por la ley inglesa de la época. Turing se declaró culpable, sometiéndose voluntariamente a un tratamiento llamado “organoterapia” que supuestamente iba a “curar” su orientación, pero que tenía desastrosas consecuencias para su cuerpo. En junio de 1954 fue encontrado muerto en su habitación debido a la ingestión de cianuro. Tenía 42 años y aparentemente se trató de un suicidio. Una década antes su colega Joan Clarke había aceptado comprometerse con él, aun conociendo su preferencia sexual. Turing finalmente rompió el compromiso citando las famosas líneas de Oscar Wilde: “Todo hombre mata lo que ama: unos, con una mirada cruel; otros, con palabras amorosas. El cobarde, con un beso, y el valiente con la espada". El matemático quizás ya presentía un destino trágico similar al del autor irlandés. 
 
Hoy todo ha cambiado. En ningún otro momento de la historia la ciencia estuvo tan presente en la vida cotidiana de la gente, por lo que la humanización de científicos e investigadores parece un proceso inevitable. También es cierto que parte del encanto de estas personas es que nunca podemos entenderlas completamente. Cuando Charles Chaplin se encontró con Einstein a comienzos la década del 30’ resumió la situación en una frase antológica: “La gente me idolatra porque todo el mundo me comprende, y a ti te adoran porque casi nadie te entiende”.